Además de los múltiples beneficios ambientales que aportan los árboles de las calles, también pueden generar disservicios ecosistémicos asociados a la calidad del aire, particularmente a través de la emisión de compuestos orgánicos volátiles biogénicos (bVOC). Estas emisiones forman parte de las respuestas fisiológicas de las plantas frente a condiciones de estrés en su entorno, como altas temperaturas, radiación solar intensa, sequía o ataques de plagas.
El isopreno es el bVOC más abundantemente emitido por numerosas especies arbóreas. En presencia de óxidos de nitrógeno (NOx) y radiación solar, este compuesto participa activamente en la formación de ozono troposférico, un contaminante secundario que puede acumularse localmente en sectores con ventilación limitada, como los cañones urbanos. Otros bVOC relevantes son los monoterpenos y sesquiterpenos, que, a diferencia del isopreno, continúan emitiéndose durante la noche y también contribuyen a la formación de aerosoles orgánicos secundarios al degradarse químicamente en la atmósfera.
La cuantificación exacta del impacto de estos compuestos sigue siendo un desafío científico, debido a la complejidad de sus reacciones atmosféricas y a la escasez de estudios a escala urbana. Las investigaciones disponibles indican que la producción de ozono inducida por bVOC puede, en ciertos contextos, verse parcialmente compensada por la absorción y deposición de ozono directamente por la vegetación, aunque este balance depende fuertemente de las condiciones locales. En zonas con altas concentraciones de NOx, típicas de corredores de tráfico intenso, los bVOC pueden aumentar las concentraciones de ozono; en áreas con baja carga de NOx, este efecto es considerablemente menor.
La especie arbórea y el nivel de estrés ambiental influyen de forma decisiva en la magnitud y tipo de emisiones. El aumento de la temperatura —fenómeno que se intensifica bajo escenarios de cambio climático— incrementa simultáneamente las tasas de emisión de bVOC, las reacciones fotoquímicas y la deposición de ozono, pudiendo favorecer episodios de mayor contaminación.
En este contexto, la selección de especies resulta crítica. Estudios comparativos han demostrado que plantar especies de baja emisión de COV puede generar beneficios sustanciales en la calidad del aire frente a la plantación masiva de especies altamente emisoras. Incluso se ha estimado que un millón de árboles de baja emisión puede equivaler, en términos de impacto atmosférico, a evitar las emisiones de cientos de miles de vehículos. Algunas clasificaciones técnicas sitúan a especies como el pino, el alerce y el abedul entre las de mayor potencial para mejorar la calidad del aire, mientras que robles, sauces y álamos pueden agravar la contaminación a sotavento cuando se plantan en grandes densidades.
Por ello, la planificación del arbolado urbano debe considerar no solo criterios paisajísticos o climáticos, sino también el perfil de emisiones atmosféricas de cada especie y su interacción con el entorno urbano específico, equilibrando los beneficios de filtración de contaminantes con el riesgo potencial de mayor formación de ozono.
Aún se requieren más estudios que permitan vincular con precisión estos procesos con efectos directos sobre la salud humana a escala local. Se sabe que la exposición personal varía significativamente según el microentorno del desplazamiento urbano, siendo peatones, ciclistas y motociclistas los grupos más vulnerables debido a la ausencia de barreras físicas frente a las fuentes de emisión.

